ECOFOBIA, DISTORSIÓN EN LA EDUCACIÓN AMBIENTAL

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A raíz de una campaña de apoyo que ha implementado Pronatura para involucrar a las personas, pero especialmente jóvenes y niños, en el rescate del jaguar, una de las especies más emblemáticas de México, que lamentablemente se encuentra en peligro de extinción; surgió un inesperado comentario de una niña de siete años que originó una serie de reflexiones de nuestra parte sobre lo que hasta ahora parece que todos nos habíamos negado a reconocer: la ecofobia.

Cuando se les preguntó a los pequeños si querían apoyar la conservación del jaguar esta niña levantó la mano y dijo: “estamos destruyendo su hogar, se está muriendo porque ya no va a tener donde vivir y comer, yo no quiero saber qué le va a pasar y cómo se extingue”.

La sensibilidad y empatía de los niños es un don que al parecer estamos mal influenciando y nos preocupa verdaderamente la manera en la que ellos están desarrollando sus percepciones al medio ambiente, cargadas de miedo al mundo natural, con respuestas lógicas y comprensibles de alejamiento a los problemas e inquietudes. Algo que por supuesto un niño no tendría que enfrentar.

Como organización siempre hemos impulsado la sensibilización y concientización en los más pequeños, quienes en quince años se convertirán en los responsables de abanderar las iniciativas más fehacientes de protección al medio ambiente, pero vale la pena preguntarse si vale la penes válidos que a tan corta edad sean bombardeados con mensajes tan directos y crudos sobre el destino de nuestro Planeta.

Nos hemos topado con anuncios, presentaciones y discursos de otras fuentes que describen procesos crueles o demasiado complejos sobre los daños a la biodiversidad. Claro que queremos niños informados y conscientes que promuevan el cambio positivo en sus padres, amigos y hermanos, pero definitivamente no se merecen crecer rodeados de tragedias ambientales que les infunda miedo a visitar un parque porque no quieren destruirlo, o de viajar a una playa donde su imaginario guarda el terror de observar por cualquier parte a un delfín en redes.

Estamos completamente seguros que nadie desea que nuestros niños crezcan con el miedo recurrente de convivir con la naturaleza y mucho menos que se alejen todas las actividades que pueden realizar al aire libre, para ser reemplazadas por juegos virtuales donde el mayor contacto que tienen con la naturaleza es en granjas o safaris simulados.

Este miedo irracional hacia las tendencias, acciones y contexto en el que se encuentra el medio ambiente debe ser contrarrestado y de ninguna manera la solución se plantea en términos de eliminar todo dato negativo u omitir situaciones escabrosas, sino regresando a los principios de la infancia de quienes han tenido la fortuna de formar pasteles de tierra, participar en la búsqueda de un tesoro por el bosque y grabando sus iniciales en el tallo de un árbol.

Los buenos recuerdos, las añoranzas de momentos felices ligados emocionalmente a las experiencias de la infancia lograrán entonces dejar un sentimiento tan profundo y arraigado que el deseo de preservar ese bosque, el árbol, todo un campo de flores con aromas del pasado fungirán como el mayor potencializador de una acción de conservación. El deseo de conservación y no el miedo de la pérdida es lo que necesitamos.

El activismo de queja y demanda siempre ha sido concebido como uno de los mejores recursos para obtener atención, pero deberíamos plantearnos la alternativa de abandonar el estado pasivo de quienes esperan una respuesta para dar pie a una verdadera participación activa impulsada por una fiel convicción de defender lo que es propio.

El verdadero ecologista no es aquel que lucha o confronta para defender, es quien ama lo que tiene y replica su sentimiento con quienes están a su alrededor, porque es lo positivo lo que puede generar cambios positivos.

Un activista es un niño que admira una tortuga, la dibuja y escribe al pie una nota de “ayudemos a conservarla” y espera que todos a su alrededor admiren lo mismo que él ve. Quizá no es ecologismo, pero es el instinto de un niño que debe ser reforzado y protegido, no amenazado.

No dejemos a los niños la carga de lidiar con situaciones precarias y pesimistas, porque incluso ellos son consientes de los problemas ambientales que nos aquejan, no son ajenos a la falta de agua, montones de basura, muerte de animales y daño de ecosistemas; comencemos entonces a involucrarnos con ellos en experiencias que dejen en ellos buenos recuerdos para que comiencen a involucrarse así de diferentes actividades de conservación.

No  fomentemos el miedo a la naturaleza

  

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